Yegor, Relato breve
Bueno, aquí os traigo otro poco más del nuevo relato :) Disfrutarlo!!!
YEGOR relato breve
No sé cuanto tiempo pasó
hasta que decidí levantarme. Me incorporé dispuesto a marcharme
como fuera de allí. Tan sólo pude hacer el gesto de ponerme en pie,
ya que una mano tan fría como la anterior me agarró del cuello con
una fuerza sobrenatural. Parecía tratarse de un fantasma. Seguía
sin ser capaz de ver nada en aquella desesperante oscuridad. Pero
esta vez sí que pude agarrarme al fuerte brazo que me ahogaba.
- Duerme Yegor.
Su voz estremeció todo mi
cuerpo. El tono era tenebroso, parecía proceder de muy lejos pero a
la vez retumbaba en mi cabeza.
Me estaba asfixiando y
cuando estaba a punto de perder el sentido me dejó caer en la cama.
Sentí cómo se tumbaba a mi lado, y me acariciaba de nuevo el rostro
con aquella mano fría. No tenía fuerzas ni para insultarle; la
impotencia que me invadía tan sólo me dejó sollozar.
- Duerme...- me susurró al oído.
Sentí un dolor intenso en
la cabeza y en la garganta, apreté nuevamente los puños con fuerza
esperando que el dolor remitiera en algún momento.
Me desperté sobresaltado.
Aquella pesadilla me había dejado un mal sabor de boca, había sido
tan real y sobrecogedora que seguía con los puños cerrados con
fuerza.
Tenía el cuerpo empapado en
un sudor frío y la cabeza me dolía muchísimo. Una ráfaga de
viento se filtró por la ventana; las cortinas se balanceaban
suavemente y entonces caí en la cuenta de que aquella no era mi
habitación. Extrañado, miré a mí alrededor, alumbrado tan sólo
con la luz que entraba del exterior. Estaba recostado sobre una cama
de sábanas blancas. A la derecha había una pequeña mesita con un
jarrón que contenía rosas rojas. En la parte izquierda estaba esa
única ventana y a su lado, dos estanterías completamente vacías.
Supe que era una habitación de mujer,
ya que había un baúl verde
con una muñeca de porcelana encima. Parecía que esa habitación
estaba deshabitada, pues dos muebles con puertas de cristal situados
cerca de la salida estaban, al igual que las estanterías,
completamente desiertas.
Completamente desubicado me
incorporé de la cama. Todo a mi alrededor comenzó a dar vueltas; me
estaba mareando, por lo que, sin dudarlo, me apoyé en la pared
intentando reflexionar y recordar qué había sucedido pocas horas
antes. Fuera era aún de noche. Tan sólo era capaz de recordar haber
terminado el turno de trabajo y haberme marchado para casa y a partir
de ahí todo estaba borroso. Contemplé mi rostro reflejado en el
espejo redondo que colgaba de la pared y mi corazón se aceleró. Mis
ojos color miel estaban acompañados de unas extrañas ojeras y la
tez, ya blanca de por sí, estaba completamente pálida. Comencé a
retroceder hacia atrás hasta volver a caer en la cama. Entonces me
di cuenta de que la almohada estaba manchada de sangre. Rápidamente
palpé mi cabeza pero no había mancha alguna. ¿Es que me habían
drogado?. No era capaz de evocar ninguna imagen después de salir de
trabajar, estaba seguro que me había dirigido directamente a casa.
Comenzaba a encontrarme cada
vez peor, decidí que lo mejor era salir de aquel lugar cuanto antes
y volver a casa. Cuando alcancé la puerta, unos intensos pinchazos
se mezclaron con el dolor de cabeza y parecía que fuera a
desfallecer en ese instante. Pero mi fuerza de voluntad fue más
fuerte y conseguí salir al exterior. No me resultó difícil
encontrar la salida, tan sólo tuve que recorrer un estrecho pasillo
que me conducía a una única puerta que daba a la calle. A partir de
ese momento todo empeoró. Mi cuerpo cada vez estaba peor e iba
caminando por las solitarias calles dando tumbos como un borracho. No
entendía nada, me encontraba totalmente perplejo ante lo sucedido.
En aquel estado tan
deprimente fui incapaz de reconocer aquellas calles. De nuevo otro
dolor más se sumó a aquel horror, el estómago me dolía demasiado
y tuve que doblarme en el suelo, de rodillas bajo la luz de una de
las pocas farolas que alumbraban las sucias calles. Sentí de repente
el frío tacto de aquella mano en mi rostro y una gran arcada me hizo
devolver. Un poco más tranquilo, intenté descansar en el bordillo
de la acera, pero enseguida quise retomar el camino y a su vez el
dolor de cabeza y el mareo volvieron sin más a mí.
- ¿Que diablos me está sucediendo?- me pregunté con el llanto a flor de piel.
Los pinchazos aumentaron
como si de mil agujas se tratasen. Perforaban una y otra vez mi
abrumada cabeza. No era capaz de pensar en nada. En mi mente se
formaban un conjunto de imágenes sin sentido y una voz se incorporó
a aquella locura. “Yegor…Yegor”. Alguien me llamaba. La escasa
gente que había por las calles se alejaban temerosos al verme dando
tumbos y con las manos en la cabeza como un loco. Intenté pedir
ayuda, me acerqué a una pareja que caminaba frente a mi, pero no
quisieron ni escucharme.
- Necesito ayuda, por favor...- me encontraba desconsolado. ¿Iba a morirme? Por que yo sentía que ese dolor acabaría conmigo.
- ¡Cállate!- dije al volver a escuchar la voz en mi cabeza. “Yegor...Yegor”. Aquel murmullo no cesaba y repetía mi nombre una y otra vez.
- ¡CÁLLATE YA!- grité loco de rabia. Y la voz cesó sin más. Sollocé aliviado.
Torpemente, tropecé con
unos cubos de basura y caí al suelo cuan largo era. Sin fuerzas me
puse de rodillas y finalmente de pie. Completamente desorientado, me
introduje en un callejón sin salida. Moribundo, choqué contra una
pared y caí de nuevo al suelo.
No había luz que alumbrara
el callejón, tan sólo cubos y contenedores de basura era lo que mi
vista vislumbraba en aquella oscuridad. Comencé a sentir frío y
entonces supe que tenía que llegar rápidamente a un hospital. La
temperatura que hacia era demasiado alta como para sentir frío.
La idea de morir solo en
aquel callejón me dio fuerzas para ponerme en pie. A duras penas me
incorporé. Parecía que mi cuerpo pesara toneladas y los párpados,
con mucho esfuerzo, se mantenían abiertos. Arrastrándome por la
fría pared, llegué a la salida del callejón. El dolor que sentía
era tal que ya no sabía qué me dolía. Entonces supe que todo se
acababa, mi cuerpo no aguantó más y caí al suelo. Me golpeé la
cabeza y sentí cómo algo cálido se deslizaba por mi rostro. Con mi
mano derecha toqué el lugar por el cual esa cosa líquida y cálida,
caía y comprobé que se trataba de sangre. Consciente de que todo se
acababa cerré los ojos, rindiéndome así al sueño eterno. Unos
ojos tan negros como el carbón parecieron surgir de la nada en mi
mente, un destelló los iluminó. “Yegor” volví a escuchar.
Sentí que me abrazaban y con ese abrazó caí por fin rendido.
Marta








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